El siglo XX fue, como ningún otro, el siglo de las guerras y las revoluciones. En ese marco, las masas protagonizaron luchas heroicas que dieron origen a un importante número de Estados obreros, que fueron identificados por la mayoría de las corrientes de izquierda con el nombre de “socialismo real”. De esta forma, el fin de la explotación y la opresión en todo el planeta parecía estar al alcance de la mano. Pero esta idea no pasaba de ser un espejismo. La cruda realidad fue que después de tantas luchas y de tantos triunfos, el siglo XX no terminó con la victoria del socialismo sino con la restauración del capitalismo en todos los ex Estados obreros. Cuando se constató la restauración, no solo los ideólogos del capitalismo sino la mayoría de los que se decían “marxistas” llegaron a la conclusión de que el capitalismo, con su “democracia como valor universal”, había demostrado su superioridad frente al socialismo. Pero hubo otros sectores que frente a la derrota que significó la restauración del capitalismo siguieron el consejo del filósofo Spinoza: “No llores ni rías, comprende”, y, así, trataron de entender el porqué de la restauración, cuáles eran sus razones y sus consecuencias y, de esta forma, en contra de lo que las apariencias indicaban, llegaron a la conclusión de que el marxismo, el verdadero marxismo, el de Marx, Engels, Lenin, Trotsky, Rosa Luxemburgo, frente a los procesos del Este europeo, aunque fuese por la negativa, habían pasado la prueba de los hechos. Llegaron a esta conclusión porque –fundamentalmente a partir de la experiencia de la Revolución Rusa– pudo comprobarse que la clase obrera al frente de su Estado logró, en el terreno económico y de la cultura, lo que la burguesía nunca había logrado en un país atrasado. Y también llegaron a esta conclusión porque observaron que el capitalismo después de la restauración seguía tan incapaz como antes de impedir el curso de la humanidad rumbo a la barbarie. Porque vieron que la lucha de clases, después de la restauración, lejos de acabar, como pretendían algunos ideólogos, provocaba violentos y masivos enfrentamientos, con movilizaciones de masas como pocas veces se había visto en la historia de la humanidad. Porque vieron que nuevas revoluciones surgían en países de casi todos los continentes, aunque no hayan terminado con el capitalismo por la falta de direcciones revolucionarias. Y porque, finalmente, vieron que la restauración del capitalismo, lejos de mostrar la incapacidad del proletariado para llevar adelante su proyecto de liberación, demostró la incapacidad de los sectores no proletarios, la pequeña burguesía y la burocracia, para ocupar el lugar del proletariado. Pero no bastaba con llegar a esas conclusiones. Se hacía necesario preparar a las nuevas generaciones de revolucionarios para enfrentar los nuevos desafíos, que no son otros que crear las condiciones, para retomar el camino rumbo al socialismo. Trotsky decía que los bolcheviques nunca podrían haber triunfado en Octubre de 1917 si no hubiesen estudiado profundamente la experiencia de la Comuna de París. Hoy, los marxistas están frente a un desafío similar, aunque mucho más complejo. Es imposible pensar en la victoria de una revolución que inicie la transición rumbo a una sociedad superior al capitalismo, una sociedad socialista, sin estudiar profundamente lo ocurrido durante el siglo XX, cuando en un tercio del planeta la burguesía fue expropiada. ¿Qué pasó en esos Estados en donde se expropió a la burguesía? ¿Por qué el capitalismo fue restaurado? Este libro de Jan Talpe, Los Estados obreros del glacis responde a esta pregunta en lo que se refiere a los Estados obreros surgidos en el Este europeo al final de la Segunda Guerra Mundial. Por eso, el trabajo de Jan se convierte en un material imprescindible para el estudio y la reflexión sobre un tema decisivo para el futuro de la humanidad.